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18.6.12

Viaje de ida (III) - El canto de los vencejos

18 de junio de 2012

Tiene la suerte de vivir en un cuarto piso sin ascensor, en un edificio antiguo con una fachada sucia, en un barrio insignificante de una calle apenas conocida. Vive en un piso donde el baño colecciona humedades ante la inquietante mirada de una grifería antigua, hortera y oxidada con forma de gárgola, donde la cocina se llena de hormigas los primeros días de mayo y las palomas obligan a mantener cerradas las ventanas del lavadero para evitar así que entre el hedor de sus heces amontonadas. Vive, afortunadamente, en un piso muy caluroso en verano y sin aire acondicionado, en el que los inviernos se sufren con una calefacción escasa y en el que el telefonillo no funciona. Gracias a estas y a otras tantas ventajas similares, su habitación cuesta lo que cuesta, él puede vivir en ella y, cuando se acerca el verano, disfruta del espectáculo que ofrecen diariamente palomas, aviones y vencejos.



Suele sentarse en el balcón a las nueve de la noche. El sol ya se encuentra al otro lado del edificio de enfrente y empieza a teñir de amarillo las nubes que habitualmente se forman en torno al lugar por el que se esconde. Aviones y vencejos inundan el cielo y sus cantos se alzan por encima de motores, voces, televisores, balones, persianas y móviles. Desde su tumbona ve solo lo que quiere ver. Hace un par de años cubrió la barandilla con césped artificial de color verde, evitando así ser visto desde los edificios de enfrente y dejando a la vista solo lo realmente interesante para él: el cielo. Mire donde mire todo está salpicado de pequeños y ágiles puntos negros que se mueven sin cesar, esquivándose los unos a los otros en un baile improvisado.


Odiada por la mayoría, la paloma es silenciosa a las nueve y diez de la noche y apenas parece representar una pequeña parte de las aves que pueblan el cielo. Sus vuelos tienden a ser cortos, de un edificio a otro, de una altura a otra, casi como si saltaran en lugar de volar. Pero de vez en cuando puede ver alguna planeando desde lejos, con las alas extendidas, cruzando veloz y silenciosamente de un lado a otro, con majestuosidad, enorme, dejando pasar la luz del sol entre sus plumas, hasta acercarse a algún tejado, empezar a batir sus alas por debajo del cuerpo para frenarse y, finalmente, posarse.


El avión común es el que más canta, aunque no por ello el que más se oye. Pequeño y con el pecho blanco, suele volar solo y en círculos, piando aquí y allá mientras roza balcones y tejados. En la parte más alta de la fachada sucia de su edificio, sobre una de sus ventanas, orientados al norte construyeron hace años un par de nidos de barro que reconstruyen cada temporada. Ahí es donde vive su pequeño avión, el que vuela sin descanso desde hace veinte minutos, piando y asomándose por encima de la barandilla para alejarse inmediatamente después hacia el edificio de enfrente. Su pequeño avión traza un círculo imperfecto que va desde un extremo de su piso a otro, cruzando por delante de su habitación, del salón y del balcón, hasta llegar a la habitación de uno de sus compañeros. De vez en cuando se acerca al nido, intenta entrar o quizá se asoma y se deja caer para seguir volando. Hasta que finalmente, imagina que exhausto, su pequeño avión coge impulso, recoge sus alas y acierta a entrar por el estrechísimo agujero del nido en el que va a pasar la noche.


Los vencejos, en cambio, no descansan. Las nubes se tiñen ya de rojo y el vencejo común continúa volando. Dicen que no se posa para dormir, que aprovecha las corrientes de aire para dormir volando. Él disfruta observándolos, siguiéndolos como puede con la mirada, escuchándolos. Son sin duda los más numerosos, los más silenciosos cuando vuelan solos y los más escandalosos cuando van en grupo. Con su peculiar forma de arco y flecha, negros carbón, recorren el cielo sin prestar atención a trayectorias. Cuando van solos son como sombras que le obligan a levantar la mirada cuando ya se alejan; cuando van en grupo, en cambio, los oye acercarse desde lejos y los espera. Dos, tres, cinco u ocho vencejos juntos tienden a volar en círculos, como persiguiéndose unos a otros, rápida, sincronizadamente, hasta que la trayectoria del vuelo cambia un poco, se encuentran con un obstáculo y el grupo se ve obligado a disolverse. Es en ese momento, a lo largo de esa carrera, cuando cantan. Una acumulación de íes, íes largas y metálicas, agudas, que suenan y desaparecen y vuelven a sonar y a desaparecer. Un canto breve pero intenso, un saludo jovial, un aviso contundente, un mensaje indescrifrable, un momento insustituible que no puedes llevar en ninguna maleta.



Wim Mertens - Often a bird

2 comentarios:

Ryunani

Aún tengo dudas. No sé si me ha gustado más la canción o la entrada.

Lo que no cabe duda, es que la relación escogida es perfecta.

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